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El origen de la leyenda olímpica de Massú y González

  • Los caminos de los campeones de Atenas 2004 se cruzaron por primera vez hace 30 años, en una historia con varios puntos en común y una amistad que perdura hasta hoy.

En alguna cancha perdida del Club Unión Española de Agua Santa, Nicolás Massú y Fernando González se vieron las caras por primera vez hace 30 años. “Creo que le gané 6-0, 6-3 o algo así, fue en dos sets. Fue cómodo, el Nico era muy flaquito y no tenía mucha fuerza, jugaba a pura garra. Yo tendría unos 10 años”, recuerda el Bombardero. “El primer partido me lo ganó él en Viña. Después jugamos en otro lado y creo que le gané yo, después me ganó en Villa Alemana y luego en la Copa Milo, en 18, le gané yo. Creo que le gané dos y él me ganó otras dos”, complementa el Vampiro. Leonardo Zuleta, su formador, explica que “luego el Nico empezó a saber cómo jugarle sobre el revés y a enfrentar con su consistencia la potencia de Fernando. Por eso, tuvieron grandes partidos”. Nadie pensaba en ese momento que ambos le darían al país su primer oro olímpico, en Atenas, el 21 de agosto de 2004.

El camino de ambos se forjó por vías similares. Feña, a muy corta edad, ya sentía el deseo de jugar tenis, previo coqueteo con el fútbol. “El papá quería que empezara a jugar tenis, pero era muy chiquitito. Le dije que jugara en el frontón mientras tanto. Pero a los pocos meses, el papá estaba vuelto loco porque Fernando jugaba frontón en las paredes de la casa, de la cocina. Así que decidimos que empezara a jugar. Tenía una raqueta de madera larga, que se la acortamos con un serrucho. Después le compraron una raqueta más adecuada para él y altiro empezó a jugar campeonatos en menores de 10 años, no teniendo ni seis. Recuerdo que jugó contra el número uno de Chile en esa categoría y Fernando le ganó un game con un ace. Ya a esa edad servía fuerte”, relata Claudio González, el primer entrenador del oriundo de La Reina.

Massú-González 1

En el caso del viñamarino, su primera raqueta llegó desde Europa. “Estábamos con mi marido en un restaurante en Suiza, cuando un señor entró con una raquetita. Inmediatamente, pensamos en el Nico y se la compramos. Fue su primera raqueta”, contaba Veronika Vegvari, su abuela materna, hace algunos años a La Tercera. Su abuelo, Ladislao Fried, fue el encargado de estimular su pasión por el tenis y lo matriculó en el Club Unión de Viña del Mar, a los cinco años y medio. Ahí fue recibido por Enrique Cortés, quien logró quitarle los deseos de ser futbolista. Sus primeros raqueteos, eso sí, molestaban a los vecinos, en su mayoría de la tercera edad, quienes se despertaban de sus siestas con el ruido. Incluso, le pidieron a Manuel Massú, que era miembro de la junta de vigilancia del edificio, que hiciera una línea imaginaria para que su hijo no la traspasara. Obviamente, se negó.

González deslumbraba por su potencia. Viajó a Estados Unidos, pues su padre tenía la intención de que se codeara con los mejores. Allá conoció a Hans Gildemeister, quien quemaba sus últimos cartuchos como jugador. “Cuando Fernando tenía nueve años, nosotros fuimos a jugar una Copa Davis a Bahamas o Cuba e hicimos una pequeña pretemporada en Miami. Ahí me encontré con su papá, que me pidió que le jugara un poco y le diera mi opinión. Fernando era un diamante en bruto. Yo había visto a muy pocos niños que a esa edad tuvieran todos los golpes, era muy completo y eso me impresionó mucho”, relata el Biónico, quien después le impartió clases privadas a Feña y lo tuvo como alumno en su escuela.

Después de ese primer viaje, Feña vuelve a Chile a ganar experiencia por tres años. Durante ese período fue entrenado por Álvaro Santander y comenzó a deslumbrar en los torneos de su categoría, para luego regresar a Miami y ser dirigido por Patricio Apey. Esta vez el retorno fue con toda la familia, que se volcó de lleno al proyecto de que Fernando se convirtiera en tenista profesional.

Por esas cosas de la vida, representó al país del Tío Sam. Esta desconocida anécdota es contada por el propio González. “Cuando estaba en menores de 14 años, hubo un torneo Cosat en Valencia, Venezuela, el año 94, y Chile tenía todos sus cupos. Entonces, me dijeron ‘no podís jugar’. Y a Estados Unidos le sobraban cupos, así que jugué por ellos”, recuerda el triple medallista olímpico, quien a la larga se quedaría con el torneo. “Le gané a un chileno, a Carlos González, el Charly”, recuerda. Y confiesa: “En esa época también me sondearon de Italia, pero no hay nada comparable a escuchar el ceacheí cuando estás jugando afuera”.

  • La clave del éxito

De vuelta en Chile, se afianza el vínculo con Massú, quien seguía con un ascendente camino. Ambos se convierten en las principales cartas del país y comienzan a jugar dobles juntos, con muy buenos resultados. Marcos Colignon, quien trabajó con Leonardo Zuleta en la formación de Nico y luego tomó a Feña tras su paso por Estados Unidos, destaca cómo era la relación de las dos figuras. “Los dos vienen de familias muy similares, muy apoyadoras. A nivel de menores, muchas veces son los papás los que hacen las diferencias y forman rivalidades. Pero acá no, eran mucho más amigos que rivales”, comenta. Y lo ilustra con un ejemplo: “Me tocó viajar en algún equipo Cosat con los argentinos Nalbandian y Coria, y ahí sí que había rivalidad. En cambio a Nico y Fernando nunca los vi discutir o pelándose. Eso es muy atípico. Fernando era un poquito más introvertido y Nico era más bueno pa’l leseo”.

“La amistad, la competencia y el trabajo siempre dan frutos. Con el Nico somos muy amigos, pero teníamos una competencia bien grande y era súper bien llevada, porque en otros países la rivalidad no dejaba que jugadores llegaran bien”, apunta Feña. “Desde chicos siempre tuvimos una muy buena onda y eso se traspasó a nuestro círculo cercano. Viajes, comidas, años nuevos juntos… Y también ayudó que tuviéramos poca diferencia de edad, solo unos meses”, sostiene Massú, de 39 años, quien apunta: “Tuvimos mucha suerte de tener meses de diferencia y de que fuéramos chilenos los dos, en un país en que nos cuesta todo, en que estamos lejos de todo, y nosotros fuimos los que, muchas veces, tuvimos que abrir ese camino para decir que sí se podía”. Esa complicidad se traducía en gestos. “Con solo mirarnos, bastaba para saber lo que pensaba el otro. Nos potenciamos”, narra Nico.

También hay espacio para las anécdotas. Exequiel Carvajal, el célebre Yogurt de Mora, cuenta una de ellas: “Estábamos en la Sunshine Cup, los capitanes se perdieron en Miami, así que tuve que firmar y nominar a los jugadores. Elegí a Massú y González, y le ganamos a Italia”.

Hay otra historia que desclasifica Zuleta y que muestra el lado más travieso de la dupla: “Una vez fueron seleccionados por la ITF para que entrenaran con su equipo en Europa. Entonces, los papás de Nico y Fernando pensaron que lo mejor era que yo los acompañara, porque a veces los técnicos les hacen cambios y los queman. El colombiano Iván Molina, el entrenador, era tan estricto que los hacía entrenar a las 5 de la mañana. A la semana estaban quemados. Y una noche me pidieron que los sacara de la concentración, así que fuimos a una discoteca. Más adelante, Molina hizo un informe y puso que Srichaphan y otro jugador neozelandés eran los únicos que tenían condiciones para llegar arriba, y que Nico y Fernando eran indisciplinados, que entrenaban mal y no iban a llegar a ninguna parte”.

Durante la etapa de juniors, Massú y González ganaron seis títulos como pareja, incluído el US Open, Feña ganó también Roland Garros en singles y dobles, con el venezolano José de Armas, y fue número cuatro del mundo. Nico, por su parte, fue cinco y sumó la corona de Wimbledon en duplas, con el peruano Luis Horna. Estas actuaciones llamaron la atención de Patricio Cornejo, capitán de Copa Davis, quien los convocó a muy temprana edad. “Fernando tenía 15 años y Nico, 16, en una época en que el presidente era Carlos Herrera. Entonces, cuando nos tocaban rivales muy difíciles y yo sabía que aunque lleváramos lo mejor iba a ser complicado que saliéramos airosos, me inclinaba por llevar a jóvenes. Pensaba que era una linda experiencia para que la vivieran in situ y sacaran cuentas de todo lo que había que trabajar para llegar a ese nivel”, detalla Pato.

“Me acuerdo de que cuando jugamos dobles contra Colombia yo tenía 17 años y el Nico me pasaba a buscar a la casa en un convertible. Yo no tenía edad para manejar. Era julio y a la primera gota de sol que había, abríamos la capota”, recuerda un risueño González sobre esas primeras experiencias coperas.

Jugando juntos lograron varias hazañas; dos Copas del Mundo en Düsseldorf y luego fueron los responsables de llevar a Chile de regreso al Grupo Mundial y pasaron a la historia como los primeros oros olímpicos del deporte chileno, después de vencer a los alemanes Rainer Schüttler y Nicolas Kiefer, tras levantar cuatro match points.

Massú, además, sumó la medalla dorada en singles después de superar en un heroico partido al estadounidense Mardy Fish, en una final que pudo ser chilena, de no haber sido por una torcedura del tobillo derecho de González, que desequilibró la semifinal. “Iba ganando el partido y me sentía ganador hasta que pasó lo que pasó. Lo tomo como una enseñanza de vida, cualquier cosa puede cambiar el destino. Fue doloroso, pero también enriquecedor, porque esa pregunta me la hice desde el momento que me metí a la ducha. ¿Qué habría pasado? Y la respuesta siempre va a ser incierta”, reflexiona el Bombardero, quien en Atenas se quedó con el bronce en singles y en Beijing, con la plata.

En el circuito se enfrentaron en siete ocasiones, con cinco triunfos para Feña, incluida la final de Orlando. Y a 30 años de la primera vez, siguen cruzándose en las canchas. Por eso, el 13 de septiembre celebrarán la gesta olímpica con una exhibición en el Gimnasio Municipal de Concepción. Una fiesta con la nostalgia de una hazaña inolvidable.

La Tercera | Autor: Carlos González Lucay

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